:: Un Chabón Normal ::

No es la vida de nadie. Es ficción. Ni cuento largo ni novela. O los dos. La frecuencia: cuando se me dé la gana. La cantidad de capítulos: indefinida El estilo: Lo que salga. Cualquier similitud con la vida real es pura coincidencia... O no. -INDISPENSABLE LEER EN ORDEN LOS CAPITULOS- En "ANTERIORES" encontrarán los capítulos desde el principio.
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:: 12.3.03 ::

GRACIAS A TODOS LOS QUE LEYERON LA PRIMERA PARTE!!!

EN POCOS DÍAS COMIENZA LA SEGUNDA.

GRACIAS
:: un 12.3.03 [+] ::
...
:: 8.1.03 ::
UN CHABON NORMAL

PRIMERA PARTE CAPÍTULOS 1 A 100
EN
WWW.UNCHABON.TK
:: un 8.1.03 [+] ::
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Fin de la primera parte

Un Chabón Normal regresará pronto....
:: un 8.1.03 [+] ::
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*C*
Más que un desayuno, me había preparado un mini-almuerzo. Dijo que era su regalo de despedida. El primero de los dos que pensaba hacerme. Sandwichitos de jamón crudo con papas fritas, unos tostados de jamón y queso, una tortilla de huevos con panceta, jugo de naranja.
Comimos con la tele prendida, MTV, de fondo. Hablamos de cualquier cosa menos de nosotros, de lo que había pasado la noche anterior, de nuestro futuro. Cuando terminamos le agradecí por la comida y nos fuimos para mi departamento en el auto del padre de Luciana. Me explicó que esa mañana, mientras yo todavía dormía, además de pasar por el mini-súper, se dio una vuelta por la casa de su viejo para ver como estaba y, ya que no lo iba a usar porque debía hacer reposo, le pidió prestado el Laguna –azul, modelo 2001-. Me dijo que el segundo regalo tenía que ver con el auto, pero que todavía no me iba a decir. Lo que sí me dijo fue que, sí o sí, me llevaba a Ezeiza. Aún quedaba casi medio día para irme. En algún momento tendríamos que hablar. Alguno de los dos tendría que animarse a sacar el tema.
Al llegar a mi depto nos encontramos con mi primo y su novia todavía acostados. No quise levantarlos y recogí mis cosas en el más cuidadoso silencio. Inútil. Justo cuando me estaba yendo sonó el teléfono. Atendí lo más rápido posible pero un solo ring bastó para que Fede y su novia se despierten. Era Natalia que llamaba para despedirse. Hablamos sólo dos minutos y le corté con la falsa excusa de que todavía me quedaban cosas por preparar. Sin despabilarse del todo, los chicos nos propusieron ir a comer y, ante la noticia que eran las dos y media de la tarde y que nosotros ya habíamos almorzado, se conformaron con que nos quedásemos un rato a tomar unos mates.
Nos despedimos de mi primo y su novia y dejamos el depto a eso de las cinco de la tarde. Cargamos las cosas en el Laguna y nos fuimos a dar unas vueltas por la ciudad. El segundo regalo de Luciana consistía en sacarnos fotos en diferentes lugares típicos de Buenos Aires. Mucho no me gustó la idea pero no me quedó más que acceder al pedido. Estuvimos por La Boca, en Caminito, San Telmo, Puerto Madero, Plaza de Mayo. Nos sacamos fotos con el Cabildo, la Casa Rosada, el Obelisco y el Teatro Colón de fondo. Estuvimos en Recoleta, el puente de la Facultad de Derecho, Bellas Artes, la Biblioteca Nacional. Después por Retiro, Plaza San Martín, Florida, Palermo, Costanera y de ahí, cuando comenzaba a anochecer y antes de salir para Ezeiza, dimos una vuelta arriba del auto por Corrientes, Callao, Santa Fe y por nuestros barrios. Me quedó muy claro que Luciana no quería que me olvide ni de ella ni de la ciudad.

*

Llegamos al aeropuerto sin haber hablado de lo que había pasado la noche anterior. Hice el check-in muy rápido, había poca gente, despaché la mochila y fuimos hacía el hall del preembarque. Era temprano, todavía faltaba casi una hora para la hora fijada para el despegue. Sin embargo yo ya quería estar arriba del avión. Nos saludamos con un abrazo interminable. Ninguno de los dos lloró. Fui yo quien decidió cuándo dar por acabada la despidida. Le di un beso en la mejilla y me fui separando lentamente.
-Nos estamos viendo-, dije mientras me alejaba de ella.
-Cuidáte-, respondió. -Y escribí seguido, ¿ok? Te quiero mucho.
-Yo también.
Y me di vuelta. Caminé sin mirar atrás -con la laptop colgada del hombro, bajo mi brazo derecho, y los documentos en mi mano izquierda- hacia la puerta de preembarque, le mostré el pasaje y mi pasaporte al empleado de seguridad, pasé y me dirigí hacía el detector de metales.

*

Caminaba por la manga hacia el avión cuando comencé a hacerme las mismas preguntas que me había hecho esa mañana después de haber pasado la noche con Luciana y no me había animado a hacerlas en voz alta. ¿Lo que había pasado esa noche, cambiaba algo? ¿Significó algo? ¿Qué? ¿Qué nos pasaba? ¿Teníamos ganas de volver?... Preguntas que ya en ese momento no tenía sentido hacerlas ni responderlas. ¿O sí? No, no creo.

*** *** ***

:: un 8.1.03 [+] ::
...

*XCIX*
Apenas había cerrado la ducha, sentí a Luciana entrar al departamento. Le avisé que me estaba bañando y le pedí que me alcanzara la ropa, ya seca, que ni me acordaba dónde de la había dejado. No me daba para salir del baño desnudo, o cubierto sólo con la toalla, e ir a cambiarme afuera, como si fuera mi casa, o como si fuéramos pareja. No por vergüenza. Si cuando vivíamos juntos pasábamos más tiempo en la casa sin ropa que vestidos. Y hacerlo hubiera significado volver a esa etapa en la éramos novios. Y no, no estaba la situación como para hacerlo. Y ése ya no era mi lugar. No era mi casa. A decir verdad, no me importó lo que llegase a pensar ella. Fue una cuestión mía. Tal vez incomodidad. Al menos yo no sabía cómo encarar la situación. Decidí que lo mejor sería actuar normalmente, como mientras charlábamos en la cama. Eso sí, antes, por un instante, se me cruzó saludarla, darle las gracias e irme. Hacer como si nada hubiera pasado y huir. Después lo pensé mejor. Tan cobarde no podía ser. Conocía a Luciana desde hace años, la quería y no había nada que no pudiéramos hablar. Como amigos. Eso creía.
***

:: un 8.1.03 [+] ::
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*XCVIII*
Volví a quedarme dormido y desperté a las once y media. Una luz muy intensa iluminaba el departamento. El sol entraba por todas las ventanas. Di un par de vueltas en la cama y estiré mis brazos buscando a Luciana. No la encontré. Me senté para chequear el departamento. Todo estaba muy silencioso. Sólo se oía el cantar de varios pajaritos desde los árboles vecinos. Justo cuando estaba por llamarla para ver si estaba en el baño o la cocina, vi un pedazo de papel en la mesita de luz. Lo tomé con una mano mientras que con la otra me refregaba los ojos. “Fui a comprar algunas cosas para hacerte el desayuno. No quise despertarte. Ya vengo. Luciana”. La nota no tenía hora. Podía haber salido hacía cinco minutos o media hora. Dejé el papelito con el mensaje sobre la cama, me levanté y así como estaba, desnudo, fui al baño para hacer pis y darme una ducha. Hacía mucho frío, razón por la cual me quedé unos cuantos minutos bajo el agua caliente.
Como de costumbre comencé a pensar. Alguna personas suelen cantar bajo la ducha. Yo, pienso. La mayoría de las veces, por no decir todas, boludeces. Esa vez me puse a repasar lo que había sucedido en las últimas horas. Estaba un poco confundido. Al principio estaba todo bien. Dos personas que se quieren compartiendo un momento agradable. Dos amigos de siempre, conversando como en las viejas épocas, cenando, escuchando música. Al rato, todo mal. Reproches, malos entendidos, aumentos en el tono de voz, discusiones, portazos. Luego, silencio. Mucho silencio. Un momento para poner paños fríos a la situación pero no por mucho tiempo. Hubo un ¿replanteo? ¿Comenzar a ver la situación desde otro punto de vista? Reflexión, seguro. Análisis, también. ¿Arrepentimiento? No, no era para tanto. Conclusión: dejar atrás el pasado y mirar hacia delante, creo. Y después, volvió la voz baja, suave. Muy pocas palabras, casi innecesarias. Lenguaje gestual. Corporal. Y la conexión –física, mental, espiritual- que, a pesar del tiempo, no se había perdido.
***

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*XCVII*
Antes que nada se disculpó por la manera en que había reaccionado. Me pidió que la entendiese, que estaba muy sensible por la situación médica de su padre y que se había comportado como una nena. Le dije que no era para tanto y que el que tenía que pedir perdón era yo, por no haberle comunicado la noticia antes. En menos de diez minutos ya habíamos solucionado el tema. Yo comprendí la rabia de ella por mi pronta y súbita partida y ella comprendió lo necesario que era el viaje para mí. Olvidamos la discusión muy rápidamente. Hablamos de nuestras vidas. Salud. Dinero. Amor. Mi jefe. Su padre. Natalia. Su ex. Y comenzamos a planear mi último día en Buenos Aires. Decidimos pasar el resto del día juntos. Desayunaríamos primero. Luego iríamos para mi depto a buscar mis cosas para el viaje y después almorzaríamos. Dejamos la tarde libre. Tal vez tomaríamos unos mates con mi primo y su novia, o iríamos a algún barcito.
En cuanto a lo que había sucedido unas hora antes en el sofá y un par de veces en la cama, ninguno de los dos se animó a preguntarle al otro qué onda. Seguía todo igual que antes, ¿o no?
***



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...
*XCVI*
Lo hicimos ahí mismo, en el sofá, casi a oscuras. Luego de haber terminado, nos quedamos un rato acostados, muy juntos, abrazados debajo del acolchado, recordando viejos tiempos. Después nos trasladamos a la cama de ella y continuamos allí. La pasamos tan bien que amaneció casi sin que nos diéramos cuenta. Estábamos cansados, sí, pero ninguno de los dos tenía sueño, así que nos quedamos en la cama hablando hasta que se hiciera completamente de día. Fue ella quien retomó la conversación de la noche anterior.
***

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...
*XCV*
Cuando me desperté estaba todo muy oscuro. Afuera ya había dejado de llover. Levanté la cabeza para echar un vistazo al departamento. La luz del velador de la habitación de Luciana estaba prendida y su cama deshecha. El resto de la casa estaba a oscuras, salvo el baño. Por debajo de la puerta se veía un haz de luz. Intenté en vano ver qué hora era. De repente sentí y un ruido volví a colocar mi brazo detrás del almohadón. El sonido provenía del baño. La puerta se empezó a abrir lentamente y la luz comenzó a invadir el departamento, pero enseguida Luciana la apagó. Alcancé a verla vestida sólo con esa remera XL de los Miami Dolphins que le había traído la primera vez que había viajado a Miami por trabajo y que tanto le gustaba para dormir. Pude distinguir que también estaba descalza. Luciana comenzó a caminar hacia mí. Yo me quedé quieto y me hice el dormido. Sentí que muy lentamente se acercaba cada vez más al sofá donde yo estaba acostado. Abrí los ojos cuando la sentí al lado mío. Nos miramos. Ninguno dijo nada. Yo me quedé en la misma posición en que estaba, quieto, con los ojos abiertos, mirándola. Ella se agachó, lentamente levantó el acolchado, y se acostó conmigo en el sofá. Yo la abracé, ella me dio un beso. Y mientras ella me sacaba el incómodo jean y yo acariciaba su espalda por debajo de su remera, me dijo suavemente al oído:
-Hace ya dos meses que no nos vemos ni hablamos con Gustavo. Ah, y vos también sos la persona que más quise y más quiero de este planeta.
***

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*XCIV*
El pelo, lacio, le caía por la espalda varios centímetros por debajo de los hombros. El flequillo, cuidadosamente desprolijo, le llegaba apenas por encima de las cejas, cubriéndole casi toda la frente. Al principio era rubia. Viajábamos en auto. Nunca supe a dónde. Era de día. Tampoco recuerdo de dónde veníamos. Ella apoyó su cabeza en mi pecho. Yo puse mi brazo derecho sobre su cintura. Ella levantó la vista. Con una sonrisa inmensa me miró. Apoyé mi mano sobre su vientre. Casi ni la conocía, pero verla reír de esa manera hizo que me enamore de ella en ese preciso instante. Sus ojos, oscuros, se hacían cada vez más chiquitos y le dejaban a la boca el protagonismo en la cara sonriente. Sus labios, con muy poco maquillaje, eran el marco ideal para unos dientes blanquísimos. Con mi mano izquierda le corrí el pelo de la cara. Tenía un bronceado parejo, por lo menos hasta donde yo pude observar -los hombros-, que combinaba perfectamente con el vestido color salmón que llevaba puesto. Sin borrar la hermosa sonrisa de su cara bajó la vista de a poco y volvió a apoyar su cabeza en mi pecho. Yo la abracé. Un tema de Rod Stewart, Tonight’s the night, se escuchaba de fondo. Quise detener el tiempo y quedarme en esa situación para siempre. El auto seguía andando pero iba disminuyendo la velocidad. A partir de ese momento todo empezó a suceder demasiado rápido como para que pudiera entender lo que acontecía a mi alrededor. El auto se detuvo. Bajamos. La tomé de la mano al ver que había dejado de sonreír. Había mucha gente en la avenida, pero ningún auto. Caminamos juntos hacia la muchedumbre. Alguien que no pude reconocer se me acercó y me dio un par de indicaciones. Apurado por conocer cuáles serían las próximas instrucciones a cumplir, corrí con mi chica hacia la vereda de enfrente. Al llegar, giré para ver si estaba bien y noté algo raro en su vestimenta. Pensé que pudo haberse puesto algo encima antes de bajar del auto y no le di demasiada importancia. Miré a mi alrededor. Un gran sillón marrón desentonaba en medio de la vereda. Nos acercamos. El sillón comenzó a girar. Nos detuvimos y nos miramos intrigados. Me pareció que ella tenía el pelo un poco más oscuro. Pero la intriga de saber quién estaría sentado en tan elegante asiento era lo que más me preocupaba en ese momento. El sillón terminó de girar y finamente vimos a quién nos diría los próximos pasos a seguir. El tipo tenía el pelo rubio totalmente despeinado. Se ocultaba detrás de unos inmensos anteojos negros. Creí saber quién era por su nariz. Tenia un gran tapado de piel color marrón, pantalón de cuero negro y botas. Me acerqué y, en voz baja y en inglés británico, me pasó sus instrucciones. Al terminar, levantó su mano izquierda, se sacó dos enormes anillos de sus dedos, y me los entregó. Unos de los anillos tenía pequeñísimos diamantes en los que la luz del sol se reflejaba y se proyectaba por todos lados en finos pero intensos haces. El otro estaba repleto de pequeños rubíes opacos. Guardé los anillos en mi bolsillo. A lo lejos vi el avión de color celeste al que debía dirigirme. Todavía con mi chica de la mano, corría hacia allí. Llegamos enseguida. Una vez arriba del avión, deposité los anillos en la caja de seguridad destinada a tal fin. Una señora gorda me dio un recibo y una bolsa de papel marrón repleta de fajos de billetes de cien dólares.
-El dinero es suyo. -me dijo- El Sr. Stewart está muy agradecido por el favor que le hizo.
Tomé el dinero, di media vuelta y llamé a mi chica.
-¡Vamos! -le dije- salgamos de acá. Quise llamarla por su nombre pero no me lo acordaba. O sí, pero estaba confundido.
-Allá voy. –escuché su voz desde el fondo del avión.
Debería haberme sorprendido al verla caminar por el pasillo del avión hacía mí, pero no fue así. Comencé a observarla de abajo hacia arriba. Tenía zapatillas y jeans. Su cadera era más ancha. Llevaba una remera blanca, muy ajustada, de mangas cortas. Estaba más... pulposa. Tenía la boca más grande, los labios más carnosos. El pelo, ahora más corto, era totalmente negro. Azabache. Se acercó. Me dio un beso y me miró.
-Lo siento, -me dijo- pero me tengo que quedar acá arriba. Te quiero. Chau.
No dije nada. Le di otro beso y bajé del avión. Mientras me alejaba con mi bolsa de dinero, giré y dirigí mi vista hacia atrás. Asomada desde la puerta todavía abierta del avión, ella, mi chica, ahora Érica García, me saludaba con una gran sonrisa.
***

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*XCIII*
Le contesté que no. Que había ido a hablar y que no me iba a ir mientras ella esté en el baño. No me contestó nada y sólo escuché el agua correr de la canilla del otro de lado de la puerta. Volví a insistirle que no me iba a ir y menos que iba a viajar sin haberme despedido, cara a cara, de ella. Tampoco me respondió. Justo en ese momento dejó de sonar el cd que Luciana había puesto unos minutos antes. Se hizo un silencio muy grande e intenso. Tenía más que claro que no me iba a ir. Me senté a esperar unos minutos en la cocina. Al ver que Luciana no tenía pensado salir en la brevedad, fui al placard, saqué un acolchado, y me dirigí al living. Lo dejé sobre el amplio sillón blanco, volví a la cocina, apagué la luz, volví al living, y apagué el equipo de música y la luz de la lámpara de pie que iluminaba todo el ambiente. Me saqué la camisa y, con los jeans puestos -no tenía ropa interior-, me tiré en el sillón boca arriba y me tapé con el acolchado, dejando mis brazos afuera, uno a mi costado y el otro bajo el almohadón. Me quedé un rato en esa posición, observando el techo, pensando. Bajé la vista. Miré mi reloj. Eran las tres y veinticinco. Sin darme cuenta, me quedé dormido.
***

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*XCII*
Muy seriamente se levantó del sillón y se dirigió a la cocina, dejándome sentado, sin nada que decirle. La cabeza se me revolvió. Quedé sorprendido por lo que acababa de decirme. Intenté hilvanar algunas palabras pero me fue imposible. Miles de pensamientos brotaban de mi mente, pero ninguno lo suficientemente claro como para poder llegar a convertirse en oración. Lo único que hice fue quedarme sentado en el sillón mirando a Luciana, que me daba la espalda desde la cocina.
-¿Y?-, me dijo sin darse vuelta.
-Y ¿qué?-, fue mi torpe respuesta reflejo.
-Nada. Ya está. Ya fue...
-Luciana. No te podés poner así,- me levanté del sillón, -Escuchá: apenas decidí que quería irme, fuiste la primera persona a la que quise contárselo, pero no se dio la oportunidad. Intenté llamarte un millón de veces. Me daba ocupado, tenías el celular apagado, te dejé varios mensajes...
-Hoy no es la primera vez que nos vemos.
-Sí, ya sé. Pero no podía decírtelo. Con todo lo de tu viejo, pensé que no era momento. ¿Querías que te lo dijera en el hospital, con tu viejo en terapia intensiva?
-Bueno, ¿y?
-Y nada. ¿Qué querés?
-Que te hice una pregunta y no me respondiste.
Se dio vuelta. Con una mano se estaba secando una lágrima que caía tímidamente por su mejilla.
-¿Qué pregunta?-, le respondí haciéndome el boludo, para ganar tiempo y pensar.
-¿Y yo qué? Decís que no dejás nada acá en Buenos Aires. Yo no soy nada para vos, okey. Pero bueno, ya que no me lo contás tampoco, supongo que ya no saldrás más Natalia.
-Okey. Vamos por partes, ¿eh? Primero, con Natalia, ya fue. Hace rato. Y si no te lo conté es porque hace tiempo que no nos vemos, no porque no quise. Además yo tampoco tengo idea en qué andás vos, si todavía te seguís viendo con el tipo ese, el dueño del restaurante de Las Cañitas. Y segundo, ¿cómo vas a decir que no sos nada para mí?... Lu, sos la persona que más quise y más quiero de todo el planeta. Yo también te voy a extrañar, como también te estuve extrañando este tiempo. Pero yo tengo mi vida. Vos tenés la tuya. Y es así...
Luciana ya se había dado vuelta de nuevo. Me acerqué a la cocina lentamente. No tenía ni idea qué decir, ni qué hacer. Sólo caminé hacia ella. Cuando estaba a dos o tres pasos, se dio vuelta y habló, casi llorando.
-Perdoná, yo... había pensado que, no sé... tal vez... creía que ahora... yo todavía... nada.
Y con la cabeza gacha, con los ojos llenos de lágrimas caminó al baño y cerró la puerta.
-Ahora ¿qué?-, alcancé a preguntarle.
Desde adentro del baño me contestó.
-Me lo hubieras dicho por teléfono, desde Europa. Era mejor. Y nos ahorrábamos todo esto. Ahora, ¿me dejás sola? Necesito estar sola.
***

:: un 8.1.03 [+] ::
...
:: 7.12.02 ::
*XCI*
No dijo nada. Se acercó nuevamente a mí y me abrazó fuertemente. Yo también puse mis brazos alrededor de su cuerpo. Mientras acariciaba su espalda sentí que Luciana llevaba una mano a su cara. Más precisamente a sus ojos. Sentí también su respiración, un poco más pausada y fuerte. Su cara seguía apoyada en mi hombro.
Algo tenía que decirle. No quería hacer del momento una tragedia. No quería que se ponga a llorar, aunque en ese instante ya pensaba que no iba a poder evitarlo. Le di un beso en la cabeza y traté de terminar el abrazo.
-¿Lu? ¿Estás bien?
Ella seguía abrazándome. No me contestó.
-¿Estás bien?-, insistí, -¿Te pasa algo?
Con una mano en la cara y con la mirada baja dejó de abrazarme y apoyó su espalda en el sillón.
-Nada, perdonáme-, dijo sin mirarme. –Estoy un poco sensible... con lo de mi viejo... ahora vos...
-Sí, ya sé. Pero no es para que...-
-¿Por qué no me dijiste antes que te ibas a vivir a Europa?
-Eso intenté, además no es que me...-
-Me hubieras dicho, no sé, unos días, no unas horas antes de irte. O podrías haberme dicho que lo estabas planeando, no sé...
-Fue todo muy rápido, Lu. Lo decidí de un día para el otro. No lo consulté con nadie. No quería hacer del viaje una gran cosa.
-Pero es una gran cosa. ¡Cómo que no! Dejás todo acá para irte por tiempo indeterminado a Europa... Andá a saber cuándo volvés.
-Tampoco es tan así. Es cierto que no sé cuándo voy a volver. Pero tampoco es que dejo toda mi vida acá. Una de las verdaderas razones por las que me voy es porque ya no tengo nada que hacer acá. Me estaba aburriendo en el laburo. Mis verdaderos amigos no están acá. En definitiva no tengo nada que me ate, que me impida ir...
-Bueno... estoy yo. Digo, estaba yo.
***

:: un 7.12.02 [+] ::
...
*XC*
-¿En serio?
Hice un gesto afirmativo con la cabeza.
-¡Qué bueno! Te felicito.
Se puso muy contenta y comenzó a hacerme toda clase de preguntas y recomendaciones, entre ellas:
-¿Te mandan del laburo o te tomás unas vacaciones?
-Ninguna de las dos, o mejor dicho las dos.
Cuando terminamos de comer, dejamos la cocina. Yo me levanté y fui para los sillones del living. Ella fue a poner música.
-En el laburo propuse enviarles notas desde allá, y aceptaron. Así que se puede decir que voy a laburar. Al menos unas horas por día tendré que sentarme a escribir algo.
-¿Y cuánto tiempo te pensás quedar?-, me preguntó mientras buscaba qué CD poner.
-Me voy de acá a Roma, me quedo unos días, de ahí me voy a Ibiza, y a partir de ahí, ni idea. Veremos.
U2, The best of 1980-1990, empezó a sonar bajito por los parlantes.
Se dio vuelta y caminó hacia mi.
-Si tuviera un vino, o algo, haríamos un brindis, pero no tengo otra cosa que no sea agua.
-Todo bien.
Se sentó al lado mío y extendió los brazos.
-Bueno, dame un abrazo.
Me incliné hacia ella y nos abrazamos.
-Te va a encantar, vas a ver. La vas a pasar bárbaro.
Nos quedamos abrazados unos segundos, en silencio.
-Esperemos que sí, esa es la idea. En Roma me están esperando, voy a parar unos días en...-
-Te extrañé-, interrumpió.
Esas palabras me descolocaron.
-¿Qué?
Seguíamos abrazados.
-Nada, que te extrañé, todo este tiempo-, me dijo al oído.
-Yo también-, contesté un poco sorprendido ante sus palabras, pero totalmente de manera sincera.
Continuamos en la misma posición y en silencio durante unos segundos más.
-Te decía-, rompí el silencio, -no tengo que preocuparme por conseguir hotel en Roma porque me voy a quedar unos días en el departamen...-
-Después me contás todo con detalle-, me volvió a interrumpir, -Ya vamos a tener tiempo de hablar del viaje, ¿no?
Silencio.
-¿No?- repitió.
Silencio.
-Lu.
La miré a la cara.
-¿Qué?
Tomé aire.
-Me voy mañana. A las nueve de la noche sale el avión.
***

:: un 7.12.02 [+] ::
...
*LXXXIX*
Estaba ahí, seco, cómodo, cansado, no tenía nada que hacer más que esperar a que se hagan las ocho de la noche del domingo para ir a Ezeiza. Afuera llovía, hacía frío, mi campera seguía mojada, eran casi las tres de la mañana, Luciana me había ofrecido pasar la noche, no me pude negar. Apenas terminamos de comer decidí que era el momento para decirle a Luciana lo que no había podido contarle desde hace unos cuantos días.
-Lu, te estoy llamando desde hace un par de días y vine a verte porque tenía que contarte algo-, empecé. –No es la gran noticia, pero sos la única que le falta saberlo, y nada, ahora se hizo una gran bola de nieve para mí, y no te lo dije antes porque no pude, no te encontré y no daba para hablar de esto con lo de tu viejo, el hospital, y todo.
-Ah, yo también tengo noticias-, me respondió contenta.
-¿Qué?-, pregunté intrigado.
-Vos primero-, dijimos los dos al mismo tiempo.
-Está bien-, dijo ella, -Le dieron el alta a mi viejo. Ya está en casa. Vengo de ahí.
-Bueno, qué alivio, ¿no?
-¡No sabés!... Tiene que hacer reposo, no moverse de la cama por un par de días, pero bueno, ya está en su casa.
-Me alegro.
Se hizo un silencio
-Ahora vos, ¿qué me ibas a contar?
-Me voy a Europa.
***

:: un 7.12.02 [+] ::
...
:: 13.11.02 ::
*LXXXVIII*
-¡Cómo llueve!-, dijo Luciana desde la cocina.
-Sí, ¿viste? Se largó con todo.
Terminé de vestirme, junté la ropa mojada del piso y la llevé a la cocina.
-¿Jagger no se asusta con la lluvia?-, le pregunté mientras ponía la ropa mojada a secar en el respaldo de una silla.
-Al contrario, le encanta-, me contestó. –Se relaja con el ruido del agua... Tomá, acá tenés tu sandwich.
-Dejálo ahí, prepará el tuyo y comemos juntos.- Me acerqué a la heladera. -¿Qué tomás?
-Agua, gracias. En la heladera tenés Sprite, si querés.
Tomé las dos botellas, una de agua y la otra de Sprite, las llevé al desayunador, agarré dos vasos del mueble y los puse junto al plato con mi sándwich. Me senté, serví un poco de agua en uno de los vasos y me serví yo un poco de Sprite en el otro vaso. Luciana se dio vuelta con el sándwich ya listo entre sus manos. Yo tomé el mío. Luego del primer bocado Luciana habló:
-Es re tarde y está lloviendo mal, te quedás, ¿no?
-¿Mmmé?- respondí sorprendido y masticando un pedazo de sándwich.
-Te quedás a dormir, no te vas a ir con esta lluvia.
***

:: un 13.11.02 [+] ::
...
*LXXXVII*
Mientras yo seguía en el baño tratando inútilmente de secarme Luciana fue para la habitación. Cerré la puerta del baño para hacer pis y cuando salí Luciana ya se había cambiado y vestía ropa seca. Todavía tenía el pelo húmedo.
-Tengo un hambre-, me dijo mientras caminaba hacia la heladera, -vos ya comiste, ¿no?
-Sí, pero te acompaño, no hay problema-, le contesté saliendo del baño.
-Bien, ¿te comés un sandwichito de atún?- preguntó sin mirarme mientras sacaba de la heladera una lata atún y la mayonesa.
-Dale.
Cerró la heladera y, con el sachet de mayonesa y la lata de atún en la mano, me miró.
-Ahí arriba de la silla-, me señaló dónde, -tenés ropa seca. Sacáte esos pantalones que están empapados y dámelos que los pongo a secar.
Me di vuelta y vi un jean, roto en las rodillas, y una camisa que me resultaba muy familiar.
-Esta camisa era mía, ¿no?
Sin darse vuelta me contestó.
-Sí, nunca te la llevaste.
Agarré la ropa seca y fui a cambiarme al lado de la cama. El pantalón también era mío y me acordé el día que, para aprovechar el agujero que tenía el jean y no tirarlo, Luciana le hizo los cortes en las rodillas. “Por lo menos los podés usar para ir a recitales”. Me saqué toda la ropa, incluidas las medias y el calzoncillo que estaban muy mojados, y me puse el jean y la camisa.
***

:: un 13.11.02 [+] ::
...
:: 10.11.02 ::

*LXXXVI*
Luciana dejó las llaves y el bolso sobre el desayunador, y con la manos en el pelo, caminó hacia el baño.
-¿Te compraste un perro?- le pregunté al ver el pote verde con agua en el piso de la cocina, junto a la heladera.
-No, un gatito. Bah, gato, ya tiene un año y pico-, me dijo desde el baño, con la puerta abierta, mientras se secaba el pelo.
-¿Por dónde anda? No lo veo. ¿Cómo se llama?-. Yo seguía parado a lado de la puerta de entrada, mojado y con las manos en los bolsillos.
-Debe estar por ahí. Le gusta dormir en el sillón. Fijate arriba de la biblioteca. También le gusta andar por ahí... ¡Che! No te quedés parado ahí. Sacáte la ropa mojada. Vení, tomá una toalla-, me dijo, casi ordenándome, desde el baño con la toalla cubriéndole la cabeza.
Me saqué la campera. Estaba completamente mojada. La apoyé sobre la mesada de la cocina. También me saqué los zapatos y los dejé en el felpudo de la entrada. Caminé hacia el baño.
-Y...¿cómo le pusiste?
-¿Qué?- me contestó asomando la cabeza por debajo de la toalla y con el pelo en la cara.
-El gato. ¿Cómo se llama?-. Tomé una toalla y empecé por secarme los brazos y la cara.
-Jagger.
-¿Le pusiste Jagger a tu gato?
-Ahá. ¿Te gusta?
-Muy buen nombre para un gato.
Dejé se secarme el pelo, me asomé por debajo de la toalla y mirando al living grité:
-¡Jagger!
Los dos, uno al lado del otro, con la toalla sobre la cabeza y el pelo en la cara, cruzamos una mirada en el espejo y reímos.
***

:: un 10.11.02 [+] ::
...
*LXXXV*
Apenas entramos me detuve unos segundos para darle un vistazo al departamento-loft de Luciana. Era la primera vez que estaba bajo ese techo de ladrillos abovedado en casi un año. Sentí como que volvía a la época en que vivíamos juntos. No había grandes cambios, o más bien, estaba todo igual. A la izquierda, en el ángulo, los dos sillones en L, la alfombra blanca y los grandes almohadones tirados prolijamente en el suelo me trajeron gratos recuerdos. La tele y el equipo de música seguían en el modular-biblioteca repleto de adornos, portarretratos y libros de arte, historia y francés en la pared de enfrente. Seguí observando hacia delante. La lluvia torrencial que caía sobre los vidrios del ventanal que daba al jardín interno impedían ver hacia el pequeño patiecito. Junto a la “pared” de vidrio, dos atriles se enfrentaban. En uno había una de esas pinturas abstractas con rojos, azules y verdes que Luciana solía pintar y yo nunca pude entender. En el otro había apoyado un marco vacío. Debajo de este último atril había unos frasquitos con pinturas ordenados en línea recta y varios pinceles dentro de una tasa vieja. Giré la vista en diagonal hacia mi derecha. Miles de imágenes pasaron por mi mente al voltear la visión para ese lado del departamento. Primero reconocí la biblioteca que separaba la habitación del resto del departamento. La habíamos construido, mejor dicho armado, nosotros dos. Recordé el día que la terminamos y a pesar de no tener fondo y parecerse más a una estantería que a una biblioteca, Luciana decidió ponerla como división para darle un poco de privacidad al lugar donde dormía (donde dormíamos) y que no se vea la cama desde la puerta de entrada. Sin embargo, a través de los estantes, por entre unos pocos libros, velitas apagadas y más portarretratos, se seguía viendo la habitación y la cama. Alcancé a distinguir las mismas botellas pintadas que decoraban un rincón desde que yo vivía con ella. El cubrecama seguía también siendo el mismo: uno de hilo, tejido, con franjas de color rojo, naranja, amarillo y verde, con flecos por todo el borde. Sobre la mesita de luz, junto al velador, encontré el primer objeto nuevo para mí: un teléfono con radio-reloj. Al lado de la mesa de luz, apoyada sobre el placard, descansaba la guitarra acústica de color azul. La cocina, ubicada a la derecha de la entrada, estaba un poco más desordenada que de costumbre. Costumbre cuando ella vive sola, porque durante el período en que yo vivía con ella, muy ordenada no se mantenía. Seguí con mi vista por el lugar y descubrí el segundo objeto novedoso, o por lo menos que no estaba cuando yo vivía ahí, el cual me indicó que Luciana no vivía sola.
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:: un 10.11.02 [+] ::
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:: 25.10.02 ::
*LXXXIV*
-¡Luciana!- Se dio vuela, casi asustada. -¡Soy yo!
Se aflojó y relajó los brazos.
-Boludo, me reasustaste.
-Vos también. Te vi detrás del árbol y crucé.
Llegué frente a ella, nos saludamos con un beso y nos arrimamos a la puerta. Luciana ya tenía las manos de nuevo en su bolso. Buscaba las llaves.
-Te juro que no te reconocí. Marce y el novio me dejaron en la esquina. Cuando te vi tirado en la puerta no sabía quién eras, tuve miedo. No quería acercarme, que sé yo. Entonces me puse a esperar a que te muevas, a que salgas del umbral.
-Perdoná. Te estoy esperando desde la una, más o menos.
Abrió la pesada puerta y entramos.
-Uy, pobre. Perdoname vos. Levanté tu mensaje. Te llamé a eso de las diez pero no estabas en tu casa.
Luciana presionó el interruptor de la pared. El pasillo sin techo se iluminó.
-Sí, cené en lo de mi primo.
Caminamos unos metros bajo la lluvia, en ese momento ya casi torrencial, hasta llegar a la puerta su departamento.
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:: un 25.10.02 [+] ::
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:: 21.10.02 ::
*LXXXIII*
Ya eran casi las dos de la mañana. Mojado y muerto de frío me levanté. Ya estaba empezando a cabecear y no quería quedarme dormido en el umbral de la puerta. Además, también quería estirar las piernas y ponerme en movimiento para calentar un poco el cuerpo. Caminé unos pasos, me alejé unos metros, di un par de círculos. Al hacer esto último descubrí una silueta detrás de un árbol a unos diez metros. Me detuve instantáneamente. La persona también me vio y se quedó quieta. Haciéndome el distraído, bajé el cordón. Caminé hacia la vereda de enfrente. Todavía no podía distinguir de quién se trataba la figura humana que se ocultaba en la oscura sombra del árbol. Al verme en la otra vereda, la persona bajó la cabeza y comenzó a caminar en la dirección donde antes estaba yo. Llevaba un bolso, el cual empezó a revolver a medida que caminaba. Al alejarse de la oscuridad pude ver que se trataba de una mujer, también toda mojada ella. Me detuve y caminé de nuevo hacía la casa de Luciana. En el medio de la calle, cuando ya no caminaba sino que trotaba hacia ella, le grité.
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:: un 21.10.02 [+] ::
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